jueves, 17 de noviembre de 2011

Maradona 1986: El Giro de Dios


           Aunque el fútbol no sea un arte, hay que admitir que (por suerte!) quedan todavía grandes artistas que se dedican a este juego. Ahora que el futuro ya llegó, los que amamos el buen fútbol nos hemos convertido, como decía Galeano, en una especie de linyera que va en peregrinación por los estadios, arrastrando los pies, pidiendo con las manos en cuenco “una buena jugadita por el amor de Dios”. Por suerte, quedan aún jugadores capaces de regalarnos jugadas memorables, obras maestras capaces de emocionar tanto como una sonata de Mozart o una escultura de Miguel Ángel. Analizar uno de estos fragmentos – el segundo gol de Maradona a los ingleses en México – es el motivo de estas líneas. 

La jugada es, a estas alturas, bien conocida por todos los amantes del fútbol. Diego recibe la pelota en su campo antes de recorrer más de media cancha con la pelota atada a su botín izquierdo, dejando atrás a cinco ingleses antes de eludir al arquero y convertir el gol. Todo en once eternos segundos, en once precisos toques. Como bien dice Santiago Segurola en una excelente reseña de este gol (al que llama con justicia El Gol del Siglo), es raro que no se haya escrito un poema – o al menos un tango, agrego yo – sobre esa aventura de gol. Mucho se ha escrito, especialmente desde Europa, sobre el gol que le hizo Diego con la mano “de verdad” a Shilton, aunque muy poco sobre el que le hizo con la otra mano (la que tenía en su pie izquierdo) y que como dice Segurola representa el momento más creativo, emocionante y poético en la historia del fútbol.

En mi opinión, son dos los momentos más espectaculares de toda la jugada: el comienzo y el final. Hoy, veinticinco años después de aquel pequeño milagro, podemos agregar que a una jugada empezada de forma tan soberbia, sólo le cabía un final comparable; a un comienzo con gambeta inédita, un final con amague de alto riesgo, ya que a la realidad le gustan las simetrías, como diría un clásico. Pero vayamos por partes. La jugada comienza cuando Diego recibe la pelota en su campo, sobre el borde derecho del círculo central, con la cancha al revés como diría mi viejo (es decir, mirando hacia su propio arco) y rodeado de dos ingleses que le salen al cruce de inmediato. La manera en que Diego se los quita de encima y empieza su carrera al gol (a menudo no mostrada en las repeticiones de TV) no sólo es genial: bastaría por sí sola para demostrar que algo más que humano había en aquel pibe. Diego corre hacia la pelota, la toca con la punta del botín hacia atrás, la pisa, gira 180 grados y sale a la carrera hacia adelante entre los dos atónitos ingleses, que seguramente aún hoy se sigan preguntando cómo es posible que Diego no haya intentado parar la pelota en ningún momento. Todo esto ocurrió en algo menos de un segundo, en lo que – para utilizar el mismo lenguaje que en el primer gol - podríamos llamar El Giro de Dios.

Viene luego la memorable carrera de Diego por el callejón del ocho, dejando ingleses en el camino a fuerza de amagues hasta que entra en el área grande por la derecha. Valdano dijo luego del partido que, ya en los vestuarios, Diego le contó que lo había visto acompañándolo por el medio y que pensaba en darle el pase, pero que no encontraba un hueco entre los defensores ingleses y prefirió no arriesgar. Lo cierto es que Diego cruza la línea de las 18, elude al último defensor, se enfrenta a Shilton casi sobre el vértice del área chica y en vez de pegarle cruzado al segundo palo, intenta un regate por afuera, que a priori se presenta como imposible para cualquiera que llegue hasta ahí a esa velocidad, y sobre todo, para un zurdo entrando por la derecha.

El corazón del universo futbolístico está a punto de detenerse. ¿Qué hace Diego? ¿No se da cuenta de que se queda sin ángulo para patear si sigue? ¿Va a echar por la borda una carrera de 50 metros, con cinco ingleses en el camino y uno de los arranques más espectaculares jamás visto en la historia? ¿Quiere, como Pelé, ser también recordado por un casi-gol antológico? Nada de eso. Diego entra al área, ve al arquero saliéndole, lo presiente a Valdano por el medio y tiene aún tiempo para acordarse de algo que le había dicho su hermano “el Turco” cinco años atrás, el 13 de mayo de 1981, a propósito de una jugada – calcada a ésta de México – que hizo en Wembley contra Inglaterra, donde Diego la cruzó al segundo palo cuando le salió el arquero. “Fue un error – le dijo su hermano - si te gambeteabas al arquero por afuera, era gol seguro”. Diego se abre hacia afuera, elude a Shilton y, casi cayéndose, llega a tocarla con la punta de su botín izquierdo hacia el gol, un gol que, para muchos,  sigue siendo el mejor de la historia del fútbol.

Veinticinco años después, sigo recordando como si fuera hoy la reacción de mi viejo. Gritó el gol, saltó de la silla, lo siguió gritando y me abrazó como no lo había hecho nunca antes, como si estuviera abrazando el mejor sueño de su vida. Tenía lágrimas en los ojos, y oí que decía muy bajito, con apenas un hilo de voz mientras miraba de nuevo la repetición de la tele…cuánto amor…. Yo tenía veinte años, y por primera vez entendí de verdad lo que significa esa frase que resume la esencia de nuestro fútbol (y que suena tan rara a los europeos!!) que dice que goles, son amores.

1 comentario:

  1. Sin palabras Miri !! y que recuerdes las cosas que te decía tu viejo, es genial !
    Gracias por compartirlo !
    ahora lo veo de nuevo por Youtube...
    Fran

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