viernes, 18 de noviembre de 2011

Raúl 1998-2000: Las Peras del Olmo


El hombre es el olmo que da siempre peras increíbles
Octavio Paz

A estas alturas, después de tantos años de verlo jugar, hay algo que los amantes del fútbol tenemos claro: Raúl juega siempre otro partido. El resto de sus compañeros, los otros, intentan seguir el libreto dictado por su entrenador: abrir a las bandas, cuidar el balón, avanzar en bloque pero sin regalarse. Muchos de ellos son buenos jugadores, algunos muy buenos, pero son del reino de este mundo. Jugadores de entrecasa los llamaría mi viejo: más grandes parecen cuanto más pequeño es el partido, y viceversa. Todos pueden correr, marcar, hacer goles de tiro libre, lanzar buenos centros desde las bandas. Pedirles más que eso es pedirle peras al olmo, cosa que sólo puede hacerse con Raúl, que con apenas 25 años ya podía considerarse – a mi modesto entender - el mejor delantero de la historia del fútbol español. Entre otras cosas porque mucho más que un buen delantero, mucho más que un gran goleador, Raúl representa lo mejor que el fútbol puede ofrecer: el equilibrio perfecto entre inspiración, técnica y eficacia. Sus goles en la final de la Copa Intercontinental contra el Vasco da Gama (1998) y contra el Valencia por la Copa de Europa (2000) son una prueba más de ello.

Comencemos por este último, el gol que le hizo Raúl a Cañizares en la final de la Champions en el 2000. Si hubiera que ponerle un nombre, sería el de la definición perfecta. Decía Bobby Fisher que la manera más rápida de dar el mate de alfil y caballo es obedecer a la propia intuición para acorralar al rey, en vez de ceñirse a la fría técnica dictada por los libros de texto. El mismo principio parece guiar a Raúl desde el mismo momento en que recibe la pelota en mitad de cancha, completamente sólo para irse al contraataque, a casi 50 metros del arco del Valencia y sin ningún rival entre él y el portero.

Durante los ocho segundos siguientes, Raúl brindó una clase magistral sobre cómo se ejecuta una definición perfecta. Mucho se ha escrito sobre el temor del portero frente al penalti, pero….y el del delantero solo, en un mano a mano…?? Setenta mil personas en el estadio y varios millones más por televisión estuvieron atentas a cada movimiento del madridista, confiados en que cometería algún error. Después de todo, la jugada es fácil de describir pero difícil de concretar: correr 50 metros sin perder el control, sin que los rivales le den alcance, luego eludir al arquero y finalmente hacer el gol. Más fácil es tirar un penalti, por poner un ejemplo, y en condiciones similares los nervios han podido con jugadores como Maradona o Baggio.

Sin pelota, se corre más. Raúl lo sabe, e intuye que al llegar al área le habrá dado alcance al menos un defensor del Valencia. Cañizares es el portero, que lo conoce mucho de la selección y lo aguanta bien sobre la línea del área chica. Lo conoce tanto que sabe perfectamente que se abrirá hacia la izquierda, para eludirlo a la carrera y definir con su mejor pierna, la zurda. Pero Raúl lo sorprende. Intuye lo que espera Cañizares, y contra todos los pronósticos, se abre hacia la derecha. Aquí arriesga fuerte, pero sabe que la sorpresa desarma a cualquier portero y que de ahora en más todo dependerá solo de él. Se abre mucho, demasiado hacia la derecha para eludir a Cañizares, y se queda casi sin ángulo para tirar. Sabe que habrá ya un defensor cubriendo la portería. El que llega es Djukic, que viene como una tromba corriendo desde detrás de mitad de cancha y se encuentra casi sobre la línea de gol cuando Raúl está por rematar. Los que nunca han jugado al fútbol, creen que ahora viene la parte más fácil de la jugada: se equivocan. Nueve de cada diez delanteros de nuestra liga hubiesen errado este gol: habrían rematado en cuanto podían, y el defensor la habría sacado en la línea. Pero Raúl no falla. En cuanto está en posición de remate, no dispara. Se detiene una fracción de segundo, un instante fugaz pero suficiente para que el defensor que cierra a toda velocidad siga de largo y se meta en la portería. Y ahí gatilla. La pelota pasa a un centímetro del pie derecho de Djukic, y se convierte en el tercer gol del Real Madrid.

El otro gol que quiero reseñar es el que le hizo Raúl al Vasco da Gama, en la final de Tokio, en el 98. El largo pase que envió Seedorf casi desde mitad de cancha, de derecha a izquierda, fue un pase correcto aunque demasiado forzado, y terminó en la red sólo gracias a que en el otro extremo esperaba un jugador excepcional como Raúl. La pelota le cayó a Raúl con mucha fuerza, como un meteorito: cualquier torpeza en el control hubiera bastado para que saliera por línea de fondo, o para dejarla a merced de un defensor. Iban 38 minutos del segundo tiempo y el partido estaba 1-1. Eran muchos los que veían más cercano el segundo gol del Vasco da Gama que el del Madrid: los brasileños apretaban con todo, Hierro apenas daba abasto rechazando todo lo que le caía, y el mediocampo madridista parecía haberse ido a las duchas antes de tiempo. Faltando un cuarto de hora, llegar a la prórroga parecía lo mejor que podía pasarle al Madrid. Y hubiera sido lo mejor, de no haber contado en sus filas con Raúl.

En este gol, todo lo que hace el siete madridista es extraordinario. Controla primero el balón en el aire, a medio metro del suelo con la punta del botín izquierdo, recorta hacia atrás para hacer pasar de largo al defensor que se le tira a los pies, y aquí viene la genialidad:  amaga a rematar con la zurda, que es lo que esperan que haga el portero, el segundo defensor que viene llegando para taparle el disparo, y todos los que estamos viéndolo por televisión, pero vuelve a recortar hacia adentro, dejando libre de rivales la línea de gol, que marca finalmente con su pierna mala, la derecha.

Ese gol le devolvía al Madrid un trofeo que buscaba desde hacía 38 años. Habiendo conquistado la Copa de Europa apenas cuatro meses antes, el triunfo de Tokio volvía a colocar al Madrid en la cima del mundo futbolístico. Pues sí, el fútbol es un arte, eso está claro, dice Raúl en un momento de la entrevista que le hiciera Inocencio Arias, poco después del partido. Pues sí, el futbol es un arte. Aunque pocas veces esto se había dicho con tanta claridad en un gol como en este que le hizo Raúl, con apenas 21 años, al Vasco da Gama. 



3 comentarios:

  1. Hola Miri, bueno me puse a ver tu blog. Bonito, bien redactado. Busqué los goles de Raúl que comentás en You Tube. Geniales !!! . Y como dijiste que si había errores, te dijeramos, pues creo que es la final de la Champions de 2000 y no 2002. Confirmalo.
    Abrazos
    Pancho desde Mex

    ResponderEliminar
  2. Tenes razon, es la del 2000!! ya esta corregido!! Mil gracias!!

    ResponderEliminar